Queridos sobrinos,
Después de la situación con las nativas convendréis conmigo en que convenía salir de Tashkent cuanto antes, así que mis planes de visitar el valle de Ferghana me vinieron pin-ti-pa-ra-dos.
Antes de continuar debo daros unas nociones sobre el asunto de los transportes en este bendito país. Mientras que en el mundo civilizado tenemos (así, en general) avión, autobús y tren, aquí el asunto es bastante más complejo. Por un lado existen trenes y autobuses, faltaría más, pero no los usa nadie porque son tan lentos que da tiempo a que te crezca el pelo. Aquí los usuarios prefieren sistemas más exoticos como las marshrutkas y los taxis compartidos. Las primeras son furgonetas que van desde las Daewoo Damas hasta otras más grandes y sin marca reconocible. Se caracterizan por la artistica disposición de asientos soldados al suelo de cualquier manera y que consiguen hasta duplicar la capacidad anunciada por el fabricante. Gracias a bancos en los laterales, taburetes escondidos y sillas plegables he llegado a compartir con diecinueve personas mas (y el contrabando de rigor) el habitáculo de una furgoneta de reparto del pan. En cuanto a los taxis compartidos, se trata de eso, de coches (algunos con cierta solera) en los que el conductor y otros cuatro pasajeros, sus equipajes y sus compras van juntos de un sitio a otro. El nombre llama a engaño porque, en realidad, son coches particulares conducidos por hombres abnegados que se dedican a eso y a otro monton de cosas más (con distintos puntos de legalidad). Las caracteristicas comunes de ambos son, a saber:
- No salen hasta que no están llenos del todo.
- No tienen aire acondicionado, ni falta que hace.
- Intentan no bajar nunca de los 120 Km/h independientemente del tipo de carretera por la que se circule.
Con esta información ya podéis imaginar lo que significa que tuviera que coger un taxi compartido para hacer el trayecto de cinco horas entre Tashkent y Ferghana. Cinco IN-TER-MI-NA-BLES horas metido en un coche con otros tres individuos y el conductor dando tumbos por carreteras de montaña. Afortunadamente, me tocó ventanilla (en otros viajes he tenido que ir en el asiento central de la parte de atras y es como el cuarto circulo del infierno). Afortunadamente también, uno de los pasajeros era un ingeniero que hablaba un poco de inglés (los otros eran una señora y su hijo adolescente), y me ayudó a pedir algo que no envenenara en la "estacion de servicio" donde paramos a comer. Y, por último, afortunadamente todos mis papeles estaban en orden y los policias de los controles de carretera no dieron mucho la paliza.
Porque, para recordar que esto es un estado policial, cada cierto número de kilometros hay barreras donde es habitual que pidan la documentacion e inspeccionen el contenido de los vehiculos. El punto tenso del viaje llegó cuando atravesábamos los túneles de las montañas (que, por si no fuera bastante con la policia, estan vigilados por el ejercito) y el ingeniero recibio un mensaje en el móvil. A la salida nos pusieron una barrera por delante y unos señores muy amables con traje y armas de campaña obligaron al individuo a demostrar que no había hecho fotos y que no habia mantenido ninguna conversacion dentro que pudiera suponer una amenaza. Yo, que llevaba la bolsa de mi camara en el regazo puse cara de que era en realidad de una tartera con la merienda para el camino.
Otro momento curioso se dio cuando pasamos por un mercadillo en una curva de la carretera y la señora pidió parar para comprar una bolsa de kurut. Esto, segun me explicó el ingeniero, es una aperitivo muy típico que "si es fresco y está bien hecho resulta delicioso". Sin querer valorar su importancia cultural, para mi el kurut fue la respuesta a por qué en ciertas zonas de los bazares uzbekos apesta a meados y pies. Se trata, según pude aprender, de leche con sal y especias puesta a secar hasta obtener una pasta del tacto y la textura de las tizas del colegio y con la que se forman unas bolas del tamaño de una nuez. El olor, como digo, no defraudaría a los amantes de las variedades más contundentes de cabrales. En cuanto al sabor (ya que no pude negarme a probarlo) es algo que rezo por no tener que soportar otra vez.
Así que, tras sumar una bolsa de pelotas de leche reseca a nuestro equipaje, continuamos camino a Ferghana, donde llegué con los riñones cansados y la pituitaria en carne viva. Todo esto me serviría de entrenamiento, en cualquier caso, para cuando tuve que tomar un avion de Uzbekistan Airways tres días despues.
Con cariño,
Vuestro Tio Matt.
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Querido Tio Matt...... ¡que envidia me da! ¿algún comentario sobre los WC de carretera, que para afrancesarlos, como si con eso se quitaran los zurullos del suelo, llaman "tualet"?
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