De miedo, miedo y más miedo (10 de Octubre de 2009)

Queridos sobrinos,

Volar es la forma más segura de viajar. Y para demostrarlo no hay como hacerlo con Uzbekistan Airways. No, no es que ahora me dedique al puenting, los concursos de comida rápida u otros deportes de alto riesgo. Y ya sé que valoráis en muy poco mis decisiones al elegir sitios donde viajar, dormir o comer, pero en este caso se trataba de una necesidad: si quería cruzar el pais de un extremo al otro y no pasar dos días en carretera, tenía que coger un avión.

Para llegar al aeropuerto de Ferghana lo mejor es ir en una de esas furgonetas que sirven de autobús. Cuando el conductor dijo que habíamos llegado, sin embargo, me costó creer no haberme equivocado. No es que en ningún sitio dijera que aquello era un aeropuerto (que no lo decía), o que estuviera en una calle normal y no a las afueras, sino que al supuesto edificio de la terminal le faltaba toda la pared del frente.

Arrastrando la mochila entre los escombros me asomé al interior y una señora me indicó que pasara. Temí que fuera una broma, pero me pareció mucho decorado para una cámara oculta, así que la seguí al interior (o, al menos, a la parte con techo) y le pregunté (por señas) por el vuelo a Nukus (mi destino). Siguiendo sus indicaciones subí un piso y, entre los despachos vacíos encontré al que parecía el último funcionario con vida del complejo. Le comenté mi situación (por señas) y me dijo que esperara tras una puerta al fondo del pasillo. 

Allí estaba: la sala de facturación. Vacía. Bueno, estaban los mostradores de facturación. O algo parecido, porque en realidad eran mesas normales con una báscula al lado. Al cabo de unos minutos aparecieron un par de pasajeros más. Diez minutos más tarde llegó el personal de la línea aérea. "Por fin", pensé yo, y me acerqué con mi equipaje. Comencé hablar en inglés, pero tampoco era lo suyo, así que nuevamente (por señas) les expliqué dónde quería ir y cuál era mi número de billete. Comprendido: pesaron mi mochila y me dieron mi tarjeta de embarque. Cuando me daba la vuelta me señalaron la mochila. "¿Algun problema?". "No, que te la tienes que llevar tú al avión". Pues...vale.

El siguiente paso lógico era el chequeo de seguridad y pensé que sería fácil después de lo anterior. Pero aquí no lo hace la policía, sino el ejército. Y lo revisan to-do. Para empezar, la soldado que tomó mis datos insistió en saber la dirección de todos los hoteles donde había estado, apuntó mi número de billete electrónico, mi  tarjeta de embarque, revisó mi visado, mi pasaporte...Yo me impacientaba, pero aquí el ejército es cosa seria y, además, el que la individua en cuestión llevara colgadas varias patas de conejo del uniforme no me pareció que dijera mucho de su salud mental, así que me lo tomé con paciencia.

Después tocó pasar el equipaje por el escáner, el cacheo de rigor y, por si fuera poco, revisión de la cámara. Aquí el soldadito de turno demostró ser entre concienzudo y curioso, porque mientras dejaba sus huellas en cada uno de los accesorios y filtros de la cámara insistía en que yo le explicara qué eran y para qué servían. Contarle a alguien (por señas) para qué vale un polarizador circular cuando ni siquiera lo tengo muy claro en español fue una prueba muy dura.

Finalmente las fuerzas armadas se cansaron de mi y decidieron ir a por el siguiente paisano (o paisana: una señora con una bolsa llena de panes y un atillo de ropa envuelto en una sábana, os lo juro), así que fui a la "sala de embarque". Por llamarlo de alguna forma, porque en realidad eran unas sillas puestas al borde de la pista. Mientras veíamos como aterrizaba el que sería nuestro aparato (un Yakolev 40 fruto de la gloriosa ingeniería soviética), un individuo con una carretilla recogió nuestros equipajes para subirlos a la bodega de carga.

Tras desalojar al anterior pasaje, llegó una azafata muy educada para llevarnos al avión. Subiendo la escalerilla me di cuenta de que parte del suelo de la cabina era de tablas de madera  clavadas entre sí y empecé a tener miedo de veras. Pero no pasaba nada, la moqueta raída y costrosa tapaba la mayor parte (ojos que no ven...). Quise ocupar el asiento asignado, pero la azafata me dijo que eso no era más que una formalidad, que mejor me sentara por el frente porque la mayoría de la gente con bolsas prefería la parte de atrás. En cualquier caso, lo dificil era encontrar un sitio donde no diera asco-miedo apoyarse. ¿Recordáis lo que os conté sobre los asientos soldados de cualquier manera al suelo de las furgonetas? Pues este era un concepto parecido: sillas con más de cuarenta años de uso, con manchas de esos cuarenta años y que durante ese tiempo habían aprendido a doblarse de formas que una silla de avión no debería hacerlo. La gente a mi alrededor rezaba y yo decidí hacer lo mismo...

De las tres horas de vuelo recuerdo a la azafata ofreciendo las mismas bebidas una y otra vez, a los pasajeros roncando y cómo las helices del aparato lo hacían vibrar de tal modo que dos horas después de aterrizar seguía sintiendo un hormigueo. Pero aterrizamos, al fin y al cabo.

Con cariño,
Vuestro T'io Matt.

2 comentarios:

  1. Sí, sí, pero mírate qué pijo tú con tu billete electrónico...

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  2. Si le sirve de consuelo, Tío Matt, en mi avión de reciente regreso a España también un señor se puso a rezar mirando a la Meca. Pero a todo confort, eso sí, que una vuela con Qatar Airways. Y el señor era, lo menos lo menos, chófer de jeque.

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