Queridos sobrinos,
Después de dos semanas conectándome a Internet en sitios agradables y tranquilos, me he dejado de tonterías y he vuelto a lo que todo cibercafé debería ser: un sótano oscuro y húmedo poblado de frikis y con música techno a todo volumen. Nada de tomar té mientras leo los correos. Nada de incienso y luces suaves. Ni hablar. Este es un sitio genuino, para profesionales del internet. Lleno de gordos sudorosos que juegan en red. Sin más luces que las de los monitores. Este es, en definitiva, un autentico Sitio De Mierda.
Qué asco de vida...En fin, veamos cómo sale esto...
Tras estos prolegómenos, vayamos a la miga. He vivido una situación hace pocos días que, a falta de otra palabra mejor, sólo puedo calificar de absurda y que quiero compartir con vosotros. Me encontraba yo en la ciudad de Karlovo (el cómo fui a parar allí es otra historia) y, en un afán por extender mi sapiencia, me dio por ir a visitar la casa natal de Vasil Levski. Este hombre, desconocido fuera de Bulgaria, es aquí venerado como uno de los próceres del país. Su historia es la típica de los revolucionarios de estas tierras: joven bien educado al que, de tanto leer, se le llena la cabeza de pájaros. Se exilia y empieza a hablar sobre la libertad, la patria, la revolución, cómo sube el chóped desde que están los turcos y todas esas cosas. Unos amiguetes suyos le escuchan y deciden volver juntos a Bulgaria y liarla parda. Hacen mogollón de planes y, cuando lo tienen todo preparado, los turcos les fusilan. Fin de la historia. Es decir, el amigo Vasil fue una mierda de héroe como la copa de un pino. Muy guapo, eso sí; queda muy bien en los cuadros de época. Pero como revolucionario hubiera conseguido lo mismo quedándose en casa y haciendo calceta. En cualquier caso es lo más que tienen por aquí, así que le ponen su nombre a toda calle de dos carriles. Conocía esta historia antes de visitar la casa, así que merecía todo lo que me pasó después.
Nada más pagar la entrada me encuentro en una pequeña finca con varios edificios. Sin más dilación voy al que aparece señalado como la casa natal de este individuo. Estoy yo viendo la cabaña (pues no era más que eso), cuando llega una de las cuidadoras del museo, se pone a mi lado y me empieza a contar la Odisea en búlgaro. En vano la digo que no hablo su idioma, pero ella está concentrada y sigue con su carrete. Cuando termina me indica que la siga y me abre otro pabellón lleno de objetos y retratos de Vasil. Por no hacer un feo finjo un gran interés en los treinta y tantos cuadros del difunto, en sus papeles, en sus ropitas y en sus accesorios, pero empiezo a notar una comezón por dentro y a pensar "y yo, ¿qué coño hago aquí?".
Cuando considero que ya me he hecho el gafapasta durante mucho rato, salgo y, cuando me dispongo a marcharme, la señora me dice que la siga y me muestra otro pabellón. Por mucho que le digo que sólo hablo inglés, español y cheli me sueelta otra parrafada en su lengua. Me parece a mí que lo que me dijo fue que esos eran los dibujos de un concurso escolar sobre el amigo Levski y su casa. Porque desde luego, eso era lo que parecían. Yo miro a la señora pensando "esta mujer se está quedando conmigo", pero la veo totalmente seria esperando que de un paseo por la sala. En este momento, amigos, yo ya estaba tan metido en mi papel de cultureta bulgarófilo que me puse a recorrer la sala con cara de crítico de arte, analizando para mis adentros las cualidades orgánicas y volumétricas de los plastidecor.
Creía que esto iba a ser toda la anécdota, pero aun faltaba lo mejor. La señora me conduce a una iglesia (sí, a una iglesia) y, mientras me da una nueva lección de búlgaro me señala un libro y me tiende un boli. Esto ya fue el acabose. Mi cabeza no pudo más con el surrealismo y me puse a escribir. Dejé libre mi imaginación y describí en bella prosa cómo aquél lugar, aquella mujer y el propio Vasil habían cambiado mi vida y me habían hecho mejor persona. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo muy bonito. Y muy sentido, además. Cuando ya no podía aguantar la risa le devolví a la señora su boli y entonces ella, con cara compungida, me mostró una urna de cristal y se puso a declamar. Al borde de la carcajada la repetí que no me estaba enterando de nada y, por primera vez, ella me hizo caso. Sacó un tarjetón de su carpeta (como Mayra en el 1,2,3) y me lo dio. Allí ponía lo que había en la urna. ¡ERA PELO! ¡PELOOOOO! ¡Tenían el tupé de Vasil Levski ahí puesto como una cobaya muerta! ¡Y dentro de una iglesia, como los huesos de San Expedito! ¡¡ERA AS-QUE-RO-SO!!
Resulta que cuando el tipo éste se hizo al monte le mandó a su madre una caja con su pelo para que lo enterrara en su lugar si lo mataban. Evidentemente el tipo era un visionario y sabía que le iban a dar por saco rápidamente, pero imaginad a su anciana madre cuando recibe un paquete de su hijo, al que no ve desde hace un huevo, y, en lugar de una caja de bombones o un bono de spa, se encuentra ¡con un matojo de pelo! ¡Qué cara se le quedaría a la pobre mujer! Yo no hacía más que mirar la urna de cristal con la cara desencajada y me preguntaba "¿Qué clase de hijo de puta le hace algo así a su propia madre?" Porque joder, me negaréis que hay que tener mente de psicópata para llenar cajas de pelo y mandarlas por correo. Pero sobre todo, ¿qué clase de país tiene héroes así? ¿La República de Cabronia?
Veremos qué nuevas sorpresas nos encontramos...
Con cariño,
Vuestro Tío Matt.
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