Kosovo (26 de Enero de 2008)

Queridos sobrinos,

Bastantes días han pasado desde mi última postal. Sé que la inquietud no os habrá dejado dormir desde entonces, pero toda espera tiene su recompensa. Podría daros mil excusas para mi tardanza, pero la verdad es que no me apetece inventármelas; sinceramente, tenia mejores cosas que hacer.

Con tanto retraso se me han acumulado las noticias, así que es posible (solo posible, no os emocionéis) que recibáis varias postales seguidas en poco tiempo. Dosificadlas con cuidado, porque tanta sabiduría junta podría cocer vuestros tiernos cerebros y dejaros como Teletubbies.

En mi anterior postal nos habíamos quedado en Novi Pazar, Serbia. Baste decir de aquella ciudad que es sin duda la mas pobre que he visitado en mi vida (a falta de conocer Albania, reina por excelencia de la cochambre) y también una de las potencialmente mas peligrosas, pero a la vez una de las mas interesantes. Una noche, mientras me tomaba unos cepavcivi (una especie de salchichas a la parrilla que parecen mierdas de perro pero están muy ricas) conocí a dos estudiantes islámicos llamados (ambos) Fikret. Resultaron ser gente muy maja que se ofrecieron para llevarme a visitar su mezquita al día siguiente. La historia es como sigue: uno de ellos (Fikret) se puso a hablar con el otro (Fikret) y, tomando la voz cantante se ofreció a sí mismo y a Fikret para hacer de guías. Yo no quería ser una molestia, pero Fikret me dijo que, al ser viernes, ni él ni Fikret tenían clase. Como yo quería ir a Studenica al día siguiente, Fikret le pidió a Fikret que me diera su número de móvil para que le avisara si no podía ir. Tras apuntar el teléfono de Fikret nos despedimos y, cuando al día siguiente se me complico el tema de los autobuses (ya os lo conté en mi anterior postal), llame a Fikret y le dije que no podía ir. Fikret hablo con Fikret y se ofreció a quedar mas tarde, pero yo no quería molestar ni a Fikret ni a Fikret así que le di las gracias a Fikret y le pedí que saludara también a Fikret. Todavía tengo su teléfono (el de Fikret) por si alguien lo quiere.

(Ya sé que el párrafo anterior era totalmente innecesario, pero no he podido resistirme...)

Salí de Novi Pazar en un autobús hacia Pristina, la capital de Kosovo. Lo primero que debéis saber, queridos niños, es que la frontera de Kosovo está controlada por las Naciones Unidas (por una cosa llamada UNMIK), pero que no es reconocida como tal por Serbia, que considera que Kosovo es una provincia mas. Aquí está el primer problema, porque la policía serbia pide la documentación antes de llegar a la frontera, pero supongo que solo para tocar los cojones porque no hacen nada con ella. Y es un problema porque aunque he salido de Serbia no hay ningún sello en mi pasaporte que lo diga, así que cuando quiera volver a Belgrado para coger el avión de vuelta puede que piensen que he dejado el país fraudulentamente y me enseñen geografía por la vía rectal. El segundo problemilla que tuve fue cuando, llegando a la frontera de la ONU, el revisor del autobús (en Serbia hay un revisor en cada autobús) me pidió el pasaporte y me empezó a hacer preguntas en su bello idioma. Como yo no entendiera nada ni (por supuesto) nadie en el autobús hablara inglés, me miro con una cara que podría traducirse como "me cago en el puto guiri, que nos va a hacer llegar tarde" y el resto del pasaje se volvió con la unánime expresión de "pobrecito mío, la que te va a caer en la frontera". Fue en este momento que mi preocupación se torno en franco acojone. A pesar de todo, el revisor se bajo con mi pasaporte y, tras un rato eterno hablando con los chicos de casco azul, volvió a subir con mi documentación y un permiso de estancia de 90 días. Solo entonces pude relajar mi esfínter anal. Porque os aseguro, queridos amigos, que durante bastante rato no me entraba un pelo por el culo.

El autobús me dejo en Pristina, la capital de esto que quieren convertir en país. La primera impresión fue muy clara: esa ciudad no tiene ningún puto sentido. No tarde en darme cuenta, sin embargo, de que Pristina no es una ciudad. En realidad es un montón de calles puestas sobre el plano como a quien se le cae un plato de espaguetis. Hay avenidas anchísimas que llevan de ninguna parte a ninguna otra y se cruzan con mas avenidas anchas y con callejuelas ridículas llenas de barro. Para hacerlo todavía mas divertido, han cambiado los nombres de todas las calles importantes, pero da igual, porque ninguna (ni las importantes ni las otras) esta señalizada. Hay una calle (una) que es peatonal y se podría considerar el centro porque están los dos hoteles donde se aloja la mayoría de los periodistas y funcionarios. Intentar orientarse un poco mas lejos de allí es como intentar mear y hacerte una paja: sabes que te vas a pringar. La razón de todo esto (de lo de Pristina, no de lo de la paja) es que el gobierno yugoslavo paso de Kosovo durante años, y cuando a los albano-kosovares se les hincharon las narices, desde Belgrado se les ocurrió echar paladas de dinero de la forma mas ridícula posible. Así que se construyeron rascacielos en mitad de la nada y amplias avenidas que no se sabe a dónde van. La guerra de después tampoco ayudo, claro. Y ahora los que echan paladas de pasta, pero de otra forma, son todos los funcionarios de la ONU, periodistas y trabajadores de ONG que van a gastos pagados: los hoteles son mas caros que en la propia Serbia, y hay hasta un restaurante indio. Todo esto le da un ambiente bastante surrealista al asunto: hay cafés de moda decorados como en Berlín o Paris donde sirven capuchinos mientras ves el cuartel general de la ONU, rodeado de alambradas y cascos azules; o una avenida peatonal (la de los hoteles), recién reformada y con papeleras de diseño, de la que salen calles llenas de barro donde no se puede caminar.

Como Pristina no me ponía nada, me dedique a viajar por el país...provincia...bueno, lo que sea. Curiosamente (y gracias a la influencia de todos nosotros, o grandes Naciones Unidas) es bastante mas fácil moverse por Kosovo que por el sur de Serbia. Los horarios son algo mas fiables (aunque tampoco se puede jurar sobre ellos) y suele haber mas frecuencia de autobuses. Decidí visitar primero Prizren, cerca de Albania. Esta ciudad es famosa (por decir algo) por su casco histórico, lleno de mezquitas y puentecitos sobre el rio (que rio? pues ni puñetera idea). Gracias a todas las reformas realizadas por italianos, turcos, alemanes y demás el centro está bastante restauradito, y siempre que no levantes mucho la vista a la colina donde las casas están quemadas, pues todo va bien. Los edificios mas importantes son la mezquita del Pacha de no-se-donde, que están reformando los turcos (que son los que saben de mezquitas dentro de la OTAN) y una iglesia serbia-ortodoxa viejuna y grande. Como en la ciudad casi todos son albaneses y musulmanes, cada vez que se cabrean (y ha sido a menudo estos últimos años) van y queman las iglesias ortodoxas. Hace no mucho la ONU decidió hacer algo y declaró ésta en particular patrimonio de la humanidad, pero la verdad es que a los lugareños se la debió de sudar bastante, porque la volvieron a quemar. Total, que ahora está rodeada de barreras y alambre de espino mientras los ingleses la remozan. Bastante curioso lo de ver a la gente tomando helados y comparando móviles con semejante imagen de fondo...Pero lo de Decani fue peor.

Decani (que si estuviera bien escrito se pronunciaría Dechani) es otra pequeña ciudad en mitad de la nada, hacia el este de Kosovo. Esta zona siempre ha sido bastante extremista y la carretera está llena de monumentos a los caídos del UCK (Ejercito de Liberación de Kosovo) y en la propia Decani hay varias estatuas de gente que parece un Action Man con su ametralladora Comansi. Pues Decani es famosa (también por decir algo), no ya por una iglesia ortodoxa, sino por un monasterio entero, con sus monjes y todo (claro, los monjes están allí como un coro de negros en una convención del Ku Klux Klan). Tras conseguir llegar a la ciudad (dos autobuses), seguir las indicaciones, darme cuenta de que las habían puesto mal (los muy hijos de puta), volver sobre mis pasos y coger el otro camino, me encontré con una carretera helada que tuve que seguir algo mas de un kilometro. A mí me extrañaba que por dicha carretera solo avanzáramos vehículos blindados y yo, y comprendí la razón poco después: el camino llevaba al campamento del ejército italiano en la ciudad, que formaba un perímetro de seguridad de varios kilómetros alrededor del monasterio. Por si acaso se pensaban que era un terrorista suicida (los italianos son gente muy rara), me saque las manos de los bolsillos y me acerque con resolución al checkpoint de entrada, sin dejar que el alambre de espino, los tanques, la barrera y los soldados que me miraban con cara rara y rifle en mano me intimidaran. Tras dialogar con ellos en una mezcla de inglés e italiano, me dejaron pasar indicándome que había dos caminos un poco mas adelante: el de la derecha hacia el monasterio, y el de la izquierda hacia las instalaciones militares. Me recomendaron coger el de la derecha, mas que nada para no tener que pegarme un tiro, que les había caído simpático. Les di las gracias y, tras caminar otro kilometro y pico por el camino (de la derecha, claro), aviste el monasterio y, ya me disponía a entrar, cuando desde un segundo checkpoint me dieron el alto, me volvieron a exigir la documentación, hicieron una llamada al centro de control y decidieron quedarse con mi pasaporte mientras hacia la visita. (En mi opinión lo de guardarse el pasaporte era innecesario, pero la verdad es que en la foto salgo muy guapo y el soldado era un poco bujarra). El toque más surrealista, sin embargo, llego al final. Cuando ya había visto el lugar, recuperado mi pasaporte y me acercaba a la salida del campamento, me di cuenta de que la barrera estaba bajada y estaban registrando el coche de unos fulanos. Con mi aplomo natural me acerque a la garita, donde un soldadito escribía unos papeles (quizá fueran informes ultrasecretos, pero lo hacía con la desgana del que rellena el catastro) y entone el clásico "Excuse me...". En ese momento, y sin mediar palabra, el italiano levantó la cabeza y con esa expresión tan latina (tan nuestra) de "no me toques los cojones, que estoy viendo el partido", mando traer un intérprete. El pobre hombre se me acerco y yo le dije que, habiendo terminado de ver todo aquello (y si no se les ofrecía nada mas) quería marcharme. La contestación del traductor no pudo ser mas explicita: "Pues vete...". Cuando le hice notar que la barrera estaba bajada y lo de saltármela como en las películas quedaba fuera de mis posibilidades, miro al soldado, negó pacientemente con la cabeza y levantó la barrera el mismo.

Como le había cogido el gusto al tema militar y en mi visita a Pec no me había tenido que identificar en ningún momento, decidí ir a por el mas difícil todavía y visitar Gracanica. Lo bueno de este sitio no es que tenga una iglesia ortodoxa rodeada de albano-musulmanes, sino que todo el pueblo es serbio-ortodoxo y está rodeado de kilómetros y kilómetros de territorio musulmán. Esperaba unas medidas de seguridad propias de Fort Knox, pero (aunque el pueblo lo están patrullando blindados todo el día), al llegar a la iglesia solo había un soldado sueco que ni me miro el pasaporte ni nada. NI NADA!! Como si yo no fuera peligroso de cojones!! Con razón los suecos nunca han llegado a nada mas que a extras en las películas de Alfredo Landa...Como toda la experiencia me supo a poco, me compre una revista en la propia iglesia que, tanto en inglés como en serbio, se titulaba "KOSOVO CRUCIFICADO: Iglesias y lugares santos ortodoxos destruidos por los albaneses" y me fui con ella de vuelta a pasear por Pristina. Pero debe de ser que todos los kosovares chungos estaban robándole a Jose Luis Moreno, porque nadie me dijo nada...

En fin, es hora de marcharme (otro autobús me espera), pero prometo volver a escribiros pronto. Sed buenos.

Vuestro tío Matt.

P.S.: Ahora estoy en Montenegro, pero salgo en breve hacia Mostar, en Bosnia-Herzegovina. Sé que no os interesa mucho, pero por si acaso os picaba la curiosidad...

3 comentarios:

  1. Mireusté, a mí, sin embargo, los señores italianos me subieron en volandas, o más bien en un vehículo blindado, y me llevaron hasta la mismita puerta del monasterio.
    Que se aburría, me dijo el capitán de la troupe.

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  2. Querida sobrina,

    Eso se debió sin duda a su encanto y su don de gentes. Yo, que tengo lo justo de ambas cosas me he de conformar con ir andando.

    Admiradamente,
    Tío Matt

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  3. Querido Tío:

    Es posible. Pero el señor con barba que me acompaña lo compensa todo. Le digo yo que el que aparécieramos por allí dos seres vivos parlantes (y comprensibles) fue lo más extravagante que le había ocurrido al italiano en los últimos seis meses.

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