Queridos sobrinos,
Los días pasan y los cibercafés escasean, pero aquí estoy de nuevo. Muchas cosas han pasado en estos tiempos, mis jóvenes amigos, pero la mejor de todas es que sigo de vacaciones...y vosotros no.
Pero vayamos por partes. Aunque la ultima vez os escribí desde Novi Sad, nos habíamos quedado hablando de las maravillas de ese muestrario de hormigón llamado Belgrado. Entre lo mejor de mi experiencia en aquella ciudad se encontró, sin duda, el hotel en el que me aloje. Entre sus múltiples virtudes estaban que no salía nada vivo de los desconchones de la pared y que la pastilla de jabón que había en el cuarto de baño no parecía muy usada. Del personal (excelsamente preparado) del hotel destacaba la recepcionista de la tarde, capaz de expresar cualquier tipo de mensaje en menos de tres palabras y no sonreír jamás. Ahora que lo pienso, es posible que no tuviera dientes y yo ni siquiera me diera cuenta. Le tome especial cariño también al camarero que servía el desayuno, un cruce lejano de Slobodan Milosevic y los lobotomizados de Alguien voló sobre el nido del cuco. Esa mirada vidriosa y perdida que reclamaba un orujo a gritos es de las que no se olvidan jamás. En su conjunto era lo que se conoce como un "hotel de la era socialista", algo imprescindible en toda visita a un país del este de Europa. Con todos estos atributos, el Hotel Royal (pues este era su nombre) se ha ganado una cómoda tercera posición en mi ranking de estancias deleznables, solo superado por el hostal de Praga que solo tenía una ducha por planta y no daba sabanas y el albergue de Toronto donde compartí habitación con el birmano loco que quería asar el mundo.
Posteriormente me traslade a Novi Sad (desde donde visite Subotica) y Novi Pazar, con trayectos a varios monasterios. Sé que todos estos nombres os importan una mierda, pero os pueden venir bien para jugar al Trivial o parecer cultos en las reuniones de la parroquia. En cualquier caso, esparcid sobre ellos un montón de acentos y símbolos raros (que no tengo en este teclado) para dejarlos bien escritos. El mensaje de todo lo anterior es, en resumen, que me he movido un huevo.
Y esto, aunque parezca sencillo, no lo es. Ni muchísimo menos. Porque hay algo que falta en toda esta zona y a lo que nosotros, mis apreciados burgueses, nos hemos acostumbrado: in-for-ma-cion. Si, queridos nenes, porque aquí NADIE habla inglés (ni, por supuesto, español), y no hay páginas web ni oficinas de turismo, y los horarios no están centralizados, y cada estación de autobús de cada pueblucho tiene su propio numero de teléfono donde, si lo cogen, no te entienden. Así que si estas en A y quieres ir a B y luego a C, pero no sabes si se puede, tu única opción es plantarte en B y averiguarlo. Y si resulta que no se puede, pues te jodes. Y punto.
Podéis pensar, "bueno, como aquello es un país minúsculo, puedes ir a B en un rato y luego volver". Y seria cierto, pero las infraestructuras de esta zona, por ejemplo, me hicieron pasar 7 horas y media en un autobús para recorrer 320 kilómetros. Si quitáis una hora de paradas en rincones perdidos del mapa y aplicáis vuestros años de carrera os daréis cuenta de que la velocidad media fue inferior a 50Km/h (incluyendo la autopista). ¿Os acordáis de cuando erais pequeñitos e ibais a Torrevieja con vuestros padres un 1 de Agosto? Pues peor. Infinitamente peor.
Sin ir mas lejos (nunca mejor dicho), tenía planeado visitar el monasterio de Studenica, joya de la arquitectura medieval Serbia que, inevitablemente, estaba a tomar por culo. Había leído por algún lado que una buena forma de hacerlo era desde Novi Pazar, ciudad en la que me encontraba (y que merece un párrafo aparte). Así pues, fui hasta la estación de autobuses a consultar el típico panel de horarios, que en un afán pro-europeo y aperturista, siempre está escrito en cirílico. Como tuve cirílico de troncal, vi que lo mas cercano al perdido monasterio era un pueblo llamado Usce pero, como uno ya llega aprendido, sabía que lo que esta publicado en estos sitios es, por así decirlo, una puta mierda. Por esta razón me acerque a la casilla de información, donde un grupo de parroquianos comentaba amigablemente los últimos encuentros de pelota vasca. Aunque ninguno de ellos hablaba inglés, tras unos minutos de gestos y unas partidas de Pictionary conseguí los auténticos horarios a Usce y la confirmación de que una vez allí me tenía que buscar la vida.
Tras la hora y pico de rigor que tarde en recorrer los 50 Km, llego por fin a Usce (pronunciado Utstche, lógicamente); encantador sitio este que lleva el concepto de "pueblo de mierda" a su máximo nivel. Tras informarme en los dos bares del lugar consigo dos juegos de horarios diferentes de un autobús que debería llevarme al monasterio-objetivo. De volver de allí, ya ni hablamos. Para desempatar sigo buscando y me topo con una casetilla con pinta de despacho de billetes donde reposa un operario. "Esta es la mía", pienso e, invadiendo su espacio, entro en el cubículo y me dirijo al individuo:
-Do you speak English? (por si acaso).
-Ne...Francais.
-(Cojonudo. Probaremos con el serbio a ver si hay suerte). - Autobusz u Studenice?
Me enfoca con la mirada abstraída de los filósofos y los subnormales. Saco mi vena artística y tras unos cuantos gestos y dibujos se hace la luz en sus ojos. Con pasos tranquilos me dirige al exterior de la cabina y me muestra un papel que se supone es el horario.
De puro viejo, el papel esta en blanco.
Lo miro.
Lo mira.
Nos miramos.
Le tiendo un papel y un boli y le digo "molim" (por favor). Y trato de poner cara de "por favor" en lugar de la de "vete a vacilarle a tu puta madre" que seguramente tengo en ese momento. Se pone a escribir y, tras insistir, consigo también las horas de vuelta y el sitio desde donde sale el autobús.
Tras el trabajo duro llega la recompensa: una hora de espera, media hora de trayecto (10 Km dan para mucho), las miradas cómplices de todas las viejas desdentadas de la región, visita al monasterio y vuelta. En total, seis horas y media para 45 minutos de visita. Os preguntareis, "¿compensa?" He decidido pensar que si, porque si no me estrellaría la cabeza contra el monitor. El único problema es que con tanta historia no pude quedar con dos estudiantes islámicos que había conocido el día anterior y que me iban a llevar a su mezquita. Pero esto, queridos sobrinos, es otra historia.
Vuestro tío Matt.
P.S.: A pesar de algunos problemillas en la frontera, he conseguido llegar a Kosovo. Cuando consiga salir, os cuento.
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